lunes, 9 de mayo de 2011

El director honorario del Colegio Julio César denuncia a la juez Alaya.

  




                                 AL CONSEJO GENERAL DEL PODER JUDICIAL.

         EL DIRECTOR HONORARIO DEL COLEGIO JULIO CESAR DE SEVILLA

                                            DON ANTONIO EGEA LOPEZ

                                                           DENUNCIA

                                                  A MERCEDES ALAYA

                                                      UNA JUEZ LOCA

                                Y CON PRESUNTOS PROBLEMAS SEXUALES.






                                                   Sevilla, 25 de abril de 2011.





      
CON MI PERDON. Sí, perdono a mis enemigos. A cuantos me difaman, calumnian, odian y persiguen los perdono porque cada día rezo el padrenuestro (como prescribía el IV Concilio de Toledo), en esta oración me comprometo a perdonar a los que me ofenden, y no me contradiré. Y son tantas las ofensas que recibo, y tanta la persecución de que soy objeto, que de inmediato mi mente recuerda las bienaventuranzas: “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con  mentira digan contra vosotros todo género de mal por mí” (Mt, 5,11). Desde luego que Jesús no me escogió por discípulo, pero sí que hago lo que puedo en bien de la cristiandad, pues hace años escribía de Ganivet lo mismo que de Unamuno o don Juan Manuel, pero es que ahora y desde hace cierto tiempo hablo de aquéllos igual que de Isaías o San Juan, y añadiré que con fruición menciono a los últimos. Vamos, que el 17 de febrero de este crucial año 2011 en un colegio salesiano pronunciaba conferencia sobre los sueños de San Juan Bosco. Y el día anterior, en Isla Cristina, conversaba con la dueña de librería de cuyos estantes cuelga estampa del Padre Tarín que yo le regalé para que se curara una enferma que luego salió indemne de su tercera operación de corazón y para que su hermana superara una esclerosis múltiple que se le diagnosticó dos años atrás y a la sazón todavía se desenvuelve al andar con su muleta y le falla la memoria sólo de vez en cuando. Esto es, como tantas con osteoporosis y cierta edad. Y pocos días antes en Salamanca un cura en la homilía dejaba cierta ambigüedad sobre los milagros, vaya por Dios. Lo esperé al finalizar la misa, el sacristán me informó con cierta admiración que el sacerdote era catedrático de teología en la Pontificia; lo acompañé a su casa, porque me lo ofreció, y departimos de la diferencia entre milagrería y prodigios, como el de la monja curada por intercesión de Juan Pablo II. Si hay Dios y Dios es Todopoderoso no hay duda de que Dios obra milagros, como cuando “dijo al paralítico: Levántate, toma tu lecho y vete a casa. El, levantándose, fuese a su casa”. (Mt, 9, 6-7). Es más, confirió a los doce el poder de “curar toda enfermedad y toda dolencia” (Mt, 10, 1). Así que ya ven los lectores que, quiera o no, ando algo metido en religión y esto me ha deparado más enemigos que nunca, aunque hay que aclarar que tras de mí oigo ladridos hace más tiempo todavía.
                  ¿Y de dónde saco fuerza para perdonar en vez de sentir aversión por mis enemigos y ganas de vengarme? Ya decía que es un compromiso diario con el perdón, pero es que además no me siento personalmente afectado por mis perseguidores. Me da pena de ellos. Yo, por mi parte, lo que me preocupa es la opinión que Dios tenga de mí, y como Dios no tiene opinión sino pruebas, Dios sabe que quiero salvar al mundo, que quiero la felicidad de los demás, que, igual que otros disfrutan jugando al dominó o coleccionando mariposas, yo disfruto haciendo el bien. Ya escribía San Isidoro que el poder de obrar bien “es el disfrute de la eternidad” (Fontaine, 180). Añadamos que no es un mérito mío tratar de mejorar al mundo, sino una forma inevitable, innata, de encontrar felicidad. ¿Que esto acarrea verse rodeado de enemistades? Como que la felicidad no es completa en la Tierra, hay que esperar a la otra vida. Y yo confío en lograrla, y hablo de ella en el libro que espero terminar y que me ocupa desde bastante tiempo atrás. Es más, como proclamaba Miguel Mañara, aunque lo manifiesto sin deseo alguno de obtenerlo como medio para alcanzar la gloria, cuanto más se me ataca, cuanto más se me ofende, más fácil se me pone el camino al cielo, más se me garantiza la estancia allá. Bien es verdad que debo aclarar que perdono las ofensas contra mí, pero no hay principio moral que me obligue a perdonar las ofensas contra otros; y digo esto porque cuando Fernando III luchaba contra la morisma se santificaba porque no se defendía de insultos personales sino actuaba en defensa de la cristiandad atacada. Y es que el cristiano debe poner su otra mejilla ante el enemigo, pero no las mejillas de los demás; más aún, está obligado a defender al prójimo que es asaltado.
                   Si me dedicara a responder a cada agresión ¿de cuánto otro tiempo dispondría? Sólo contraatacando a envidiosos no contaría con horas para otra tarea. Los perdono y hasta me resultan simpáticos pues constituyen una permanente representación del teatro de la vida como la vio con claridad jocunda don Jacinto Benavente en el prólogo de “Los intereses creados”. Por la plausible urgencia de la editorial de imprimir para el inolvidable 1992 biografías de personajes hispanoamericanos, no llegué a corregir con el esmero obligado mi texto sobre Francisco de Miranda. De ahí que contuviera un error, repetido además, sobre un personaje contextual. Pido disculpas por ello, y en cada ejemplar que hallo procedo a enmendar la equivocación, la misma que se produce cuando a veces repetimos mal un nombre, inconscientemente, y es el oyente el que nos rectifica. ¿Quién me descubrió el error? Un envidioso en un anónimo que me envió. No ocultó ni su sintaxis ni su vocabulario y por ello supe que se trataba de un conocido autor sevillano al que yo sí aprecio porque compone bien, y algunas veces logra escritos de matrícula de honor como uno que no cito porque se desvelaría de quién se trata, aunque sí apunto que hacía un uso jocoso, intencionadamente macarrónico, de cierta lengua extranjera con igual o más puntería que lo habría hecho alguno de los conspicuos colaboradores de “La Codorniz”.
                    Conste, para que quede más diáfano aún, que no me considero víctima única del mal. La historia lo corrobora. Ya en el visigodo siglo VI una conjura sevillana degolló en un banquete al rey Teudiselo. La guarnición hispalense entronizó a Agila como nuevo monarca. Pero es que luego los sevillanos se sublevaron contra Agila y eligieron rey al godo Atanagildo. No paró aquí la insidia, porque los doce años que Atanagildo ocupó el trono tuvo que soportar continuas rebeliones de nuestros conciudadanos de la capital bética hasta que por fin Leovigildo llegó al poder. Y no seguimos con la trama para no cansar al lector. La especie es así de belicosa, y la traición, la envidia, el odio y otros graves defectos la caracterizan desde que un frustrado asesinó a su hermano Abel.
  
CON MI SENTIMIENTO DE PESAR POR LAS PERSONAS QUE CONFIAN EN MI Y LES HA DOLIDO LA CALUMNIA APARECIDA EN LA PRENSA.
Cuánto siento que los que en mí confían se sintieran dolidos por la calumnia aparecida en la prensa. Mis enemigos buscan eso: destruir mi imagen. Y si lo hubiese conocido al instante, habría respondido de inmediato. Pero no fue así.

EL 30 DE MAYO DE 2010 CONOZCO UNA NOTICIA DIFAMATORIA DE PRIMEROS DE FEBRERO DEL MISMO AÑO.
Fue un quiosquero el que, sin ninguna critica, desconfiando de la verdad de la noticia aparecida en la prensa, confiando en mí, me informó a fines de mayo de 2010 de la noticia difamatoria aparecida en ABC de Sevilla a principios de febrero del mismo año.

LA DENUNCIA CONTRA UN INSPECTOR DE EDUCACION DELINCUENTE DESENCADENA LA NOTICIA DIFAMATORIA  DE UNA DENUNCIA FALSA.
¿Y cuál fue el origen de la noticia difamatoria? Ni más ni menos que una denuncia que suscribí contra un inspector de educación delincuente y que publicó el periódico “La Razón” en enero de 2010. Yo había leído en Proverbios (17,14) que “comenzar un pleito es dar suelta a las aguas”, y a continuación se aconseja “deja la porfía antes que se entable”. Lo había leído y meditado, pero es que la persecución contra mí no cesa, y ahora había desencadenado ataques también contra docentes de mi colegio, y eso no podía quedar impune. El inspector de educación había incurrido en abuso de autoridad, coacciones y amenazas contra un grupo de profesores del Colegio Julio César, de Sevilla, y mi obligación era presentar una denuncia en los juzgados como director que era entonces. Y lo fui hasta el 3 de marzo de 2010, en que pasé a honorario. Ya en el verano de 2009 había dejado la presidencia del consejo de administración del colegio y el cargo de consejero delegado. Hay que añadir, por último, que en septiembre de 2008 cesé en la dirección efectiva del centro de enseñanza, dejando a la subdirectora como responsable de la dirección, lo que me permitió dedicarme a preparar la edición de mi libro “El quetzal en Sevilla”, que se presentaría el 25 de marzo de 2009 en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos. Pero volvamos al principio: denuncié al inspector, pero no me enteré, porque paso más tiempo fuera de Sevilla que en la ciudad, de que la reacción de la delegación de educación, al través de sus vínculos con el poder político en la ciudad, fue divulgar en la prensa una denuncia falsa presentada en marzo de 2007, esto es, tres años antes, en vísperas de las elecciones municipales y para boicotear mi candidatura a la Alcaldía de Sevilla como presidente del Grupo de Ciudadanos Independientes. Se trataba de una falsedad que mis enemigos habían patrocinado y luego divulgado en la propia delegación de educación y hasta en algún monasterio y cierta parroquia amigos. A todo esto hay que añadir que la juez a la que tocó mi denuncia contra el inspector de educación lo consideró inocente, y así, una vez más, otro juzgado se hacía cómplice de la acción política y la Justicia quedaba maltrecha. No importaba que, como consecuencia de la acción punitiva del inspector, un profesor se tuvo que dar de baja afectado por lo sucedido. La juez ni se molestó en citarlo para enterarse de los hechos. Una pieza más para echarla de los juzgados a gorrazos hasta cerrarlos todos y empezar de nuevo.

UNA AGENCIA DE NOTICIAS AL SERVICIO DE UN PODER MAFIOSO.
Había que responder a mi denuncia fundamentada contra un inspector de educación, y ahí aparece la oficina siniestra del poder político mafioso, que por todos los medios trata de boicotear mi candidatura a la alcaldía de Sevilla. La mía y la de cualesquiera candidatos de cualesquiera partidos que puedan arrebatarle el poder a una mafia que se sirve de siniestros colaboradores en toda España, y no sólo en Sevilla y para mi caso. Es lo que sucedió con la Cabalgata de Reyes Magos del Ateneo en 2011. La presidencia del Ateneo le retira la corona de rey mago, por imputaciones delictivas, a un cargo del Ayuntamiento de Sevilla, en su lugar se designa a otro ateneísta, y de inmediato la oficina siniestra del partido gobernante hurga en la biografía del nuevo rey, y ahí encuentra una antigua denuncia familiar, sobreseída por más señas. La mafia socialista utiliza entonces a la Cadena Ser como agente de escándalo a su disposición siempre; conmigo lo hizo la agencia de noticias Efe, a disposición de un poder que ya periclita.

UNA DENUNCIA FALSA.
La denuncia forma parte de una trama política mafiosa para boicotear mi candidatura. No se trata de una denuncia cualquiera: la cocinan entre una bruja, una loca y unos perseguidores políticos. En marzo de 2007, dos meses antes de las elecciones municipales a las que yo concurría, se presenta una denuncia falsa contra mí, fantaseando que yo había acosado y abusado sexualmente de una secretaria. Por supuesto que la denuncia tenía patrocinio político para sabotear mi candidatura, sabiéndose que en las elecciones anteriores, si no es por una decisión equivocada del presidente del partido popular en Andalucía, yo habría obtenido concejalía en el Ayuntamiento y el partido popular habría triunfado en Sevilla derrotando a los socialistas. Tan pintoresca era la denuncia como aquélla por la que en la Embajada de Guinea Ecuatorial se me acusaba de conspirador para la independencia de las Islas Annobón. Tan infundada que sólo una loca como la juez Mercedes Alaya podía aceptarla y tramitarla. Tan disparatada que sólo una bruja en tratamiento psiquiátrico –como un abogado probó documentalmente ante la juez orate- y malvada podía suscribirla por celos, por dinero y por odio.

PROFESORAS RECHAZAN LA PATRAÑA.
Tan inverosímil es la denuncia –y que me perdonen ambos- como si Gracita Morales  denunciara a Arturo Fernández por acoso sexual. Tan fantasioso como lo vio la profesora de natación esbelta y sugestiva al yo decírle que la secretaria con cuerpo de cilindro alardeaba de que yo la había acosado, pues me espetó invocando a la razón y a la evidencia  “¿y a mí por qué no?”, a lo que añadió la profesora cordobesa de ojos verdes y figura de diávolo “¡o  a mí!”. Y es que no se puede confundir gravemente la cortesía con un delito, como hace la juez loca, pues ésta, con la exacerbada decisión contraria a mí se llevaría a los tribunales a toda la familia Ozores, a Alfredo Landa, al académico Luis Maria Anson, a tantos poetas y articulistas y a infinidad de patriotas. ¿Le habría imputado algún delito a aquella alcaldesa guapetona y serrana que, tras mi intervención oratoria en recuerdo de un poeta, me abrazó y besó como si fuese un reencuentro amoroso tras diez años de separación?  Vamos, que le toca el caso de aquel famoso sabio español al que se le fue la mano por mor de unas redondeces, y lo enchirona de por vida. Pero es que mi caso es más desproporcionado porque hablamos de una fémina que es lo más aproximado a la mujer de Popeye; para que se hagan mejor idea: la exvicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega –y ya le pido disculpas- disponía de medidas más ortodoxas que la denunciante. Mas sigo con la maldita confusión de galantería con acoso, que es una perturbación grave del cerebro de la juez con presuntos problemas sexuales. Digo esto porque es muy a propósito con lo sucedido con la secretaria que sustituyó a Olivia, la mujer de Popeye. La nueva secretaria era de buen ver, simpática, ojos azules claros y dispuesta a agradar. Tras un mes de prueba no acababa de lograr la eficiencia que se esperaba de ella, aunque  voluntad no le faltaba, quede claro. Por supuesto que tras mi experiencia con una bruja acusadora, una juez como una regadera y una persecución política cuya trama alcanza hasta no se sabe dónde, desistí de piropear a la nueva pese a sus evidentes méritos. Cuando nos sentamos para informarle de que no podría continuar en el trabajo, ¿qué fue lo que me argumentó la guapa andaluza? “Claro, ya he visto que usted no se ha fijado en mí”. El ciudadano más lerdo como el antropólogo más avisado analizarían esto, unos con desparpajo y otros con erudición, pero la juez loca, que ella sí que no debería haber estado más de un mes ejerciendo, verá en la respuesta a una obsesa para una consulta psiquiátrica a la que sí asiste la acusadora de medidas aproximadas 60,1-60-60 y a la que debería asistir la juez perturbada, que tiempo después descubrí que era poquita cosa con gabardina y acompañante. Yo la había visto una sola vez, sentada, pero cuando la vi al completo fue el 7 de enero de 2011 en el ascensor del estacionamiento de Plaza Nueva. Si ella no habla de mí a su acompañante no habría reparado en su presencia, pero con ese sexto sentido que nos permite saber lo que no hemos oído, detecté que me reconoció y lo comentó. Entonces la recordé y advertí que se trataba de poquita cosa, mientras que mi compañera, por el contrario, es una mujer escultural. Hay que aclarar que poquita cosa pero con siete gatos con residencia permanente en su barriga. Tiempo después he visto, como otros lectores, que Alaya sin acompañante viste como una adolescente con ropa muy ceñida para que su figura recortada no pase desapercibida del todo.

UNA BRUJA EN TRATAMIENTO MENTAL. Y no me refiero a las brujas  de que trata por ejemplo Elviro Martínez. En su “Brujería asturiana” cuenta que solicitan al diablo cuanto quieren, y todo es cuestión de llegar a un acuerdo a través de la ley de la oferta y la demanda, pero con la condición de que cada uno hace lo imposible para engañar al otro (pág.20). No aludo a la brujería más acendrada sino a las malvadas, a las personas perversas dispuestas a ejercitar cualquier mal contra quienes la rodean si éstas pueden perjudicarlas en cualquier sentido. Las personas así son un peligro social pues destruyen cuanto obstaculiza sus intereses particulares. Para ellas la mentira es un instrumento tan necesario e imprescindible como para un electricista un destornillador. Tienen gran semejanza con las brujas auténticas, e incluso estarían dispuestas a recurrir a hechizos si hiciere falta. La denunciante es una de esas brujas, y lo peor es que cuando presentó la denuncia se encontraba en tratamiento psiquiátrico. No dormía, las noches las pasaba en vela como un diablo, no descansaba, y los celos y el odio por cuanto suponía superior eran su alimento anímico, con más nutrientes que los que se venden en  supermercados para alimentar al cuerpo, ya que su alma estaba atormentada. Claro que el insomnio me lo atribuía a mí según me confesó días antes de presentar la denuncia: “Yo no duermo pensando en usted, me acuesto pensando en usted, me levanto pensando en usted, paso la noche pensando en usted, vamos, que me acuesto con usted todas las noches”.

PRESUNCION DE CULPABILIDAD.
Mis tres abogados y yo mismo damos por sentado que la loca me considera culpable antes de entrevistarse conmigo, incumpliendo así la Constitución que prescribe que el acusado tiene derecho a la presunción de inocencia. Como no tenía ningún fundamento probatorio la falsa denuncia, es la propia juez la que, presumiendo culpa en mí, se pone a buscar pruebas que la denunciante ni poseía ni presentó. O sea, es un caso alarmante de negarme el derecho a la inocencia. De entrada la loca considera culpable al acusado y ella misma, sustituyendo a la denunciante y a su abogado, se pone a buscar pruebas inculpatorias. Vamos, que tiene un problema mental ella, la justicia tiene un problema general, y los que pasan por su juzgado tienen un problemón. Hay, pues, que eliminarla de la carrera judicial ya que no busca la verdad esa loca sino la confirmación de sus presunciones. O sea, que la escuela judicial autorizó a una imbécil a encargarse de un juzgado aun en perjuicio de la verdad y de la equidad y de la justicia y de la razón. Encima el juez decano de Sevilla, que por él también se merece que cierren los tribunales todos inmediatamente, afirma que la juez “alcanza las conclusiones después de un proceso muy pensado”. (La Razón, 10-4-2011) En el diario donde se recoge esa declaración del decano se dice, igual que lo argumentan mis tres abogados uno tras otro, que “para algunos letrados Alaya no busca la verdad, sino que tiene una idea preconcebida y busca ratificarla”. Todo lo contrario de lo que debe ser un juez. Pero es que además tan perturbada está la juez que trata de encontrar pruebas que no existen, y sin embargo no busca pruebas más sólidas que añadir a la que presentó mi abogado demostrando que la denunciante falsaria estaba en tratamiento psiquiátrico, de lo cual no nos hemos puesto a averiguar cuándo comenzó, qué proceso seguía y cómo le fue después de la denuncia falsa, pues se marchó a Madrid a tratarse psiquiátricamente a la semana siguiente. Hay que aclarar por qué a la denunciante no la investigó la juez para ver si mentía, y a mí sí, que no tenía ningún interés por ella, ni más ni menos porque la denunciante no posee ningún atributo que pudiera estimular el deseo sexual en mí, por más que la loca juez, y con problemas sexuales, y por eso lo afirmo, tratara de encontrar en mis piropos de cortesía a la denunciante un móvil libidinoso. Lo cual, de ser cierto, por otra parte, nunca sería motivo para una denuncia pues entonces tendrían que ser encarcelados varios gremios completos de trabajadores ahora en paro. Pero es que la juez tenía un interés particular y enfático en averiguar qué pensaba yo del cuerpo de la denunciante. Menos mal que no se trataba de otros cuerpos, como el de mi adorable LPM o el de PCD o el de MLRV o el de mi deliciosa EGA o el de mi inolvidable AGN o etcétera, porque en tales casos no me habría librado de treinta años de presidio, los mismos que un juez loco quieren endilgar al presidente de un club de fútbol no por matar a veintidós inocentes, que eso es pecado venial  para los tribunales españoles, sino por apropiarse dinero presuntamente, lo cual es infinitamente más criminal que cualquiera conducta terrorista. ¿Está más que claro que hay que clausurar los tribunales españoles por irracionales, por injustos, por escandalosamente estúpidos? Sabemos que se salva la minoría de los jueces, esto sí, pero es que la mayoría requiere irremisible y urgentemente la necesidad revolucionaria de acabar inmediatamente con todo ello, mediante los procedimientos que declararé en el apartado correspondiente. Y uno de los juzgados a cerrar es el de esa loca para la que exijo el informe de la Real Academia de Medicina de Sevilla, que menciono más adelante.

YO NO HE INFRINGIDO EL CODIGO PENAL.
Cuantos casos salen en prensa sobre acoso sexual registran como una de sus pautas el que el acosador telefonea con insistencia al objeto de su deseo. No se puede reprimir, la necesita, insiste en su intención, acosa. Porque el acoso sexual se define por la intención irreprimible, constante, de conseguir relación sexual con la persona deseada. Lo cual en mi caso no existe: yo no he telefoneado sino muy pocas veces –no pasarán de cinco las llamadas- a lo largo de casi un año a la denunciante, y siempre por motivos profesionales. Y en cuanto al deseo de obtención de relación sexual, jamás lo he manifestado ni se me ha pasado jamás por la mente. En términos coloquiales podríamos decir que “no es mi tipo”. O sea, que jamás le he hecho ninguna propuesta sexual, condición indispensable para que se produzca el delito. Y sin  embargo, la obsesa sexual con cargo de juez, me acusa sin pruebas. Jamás le he regalado flores a la denunciante, ni un libro con una dedicatoria. Y ésta, para mí, es condición definidora de mi interés por una dama; no puedo evitarlo, si quiero a una mujer, le regalo un libro y se lo dedico, y en la dedicatoria queda patente mi pensamiento y mi sentimiento; y es así, además,  porque no separo sexo de amor. Nada de esto ha sucedido con la denunciante, que, por tanto, con patrocinio político, y con problemas mentales irresueltos, ha mentido por dinero, por celos y por odio, cuando le faltaban pocos días para que concluyera su contrato y consiguientemente su relación profesional –la única relación- con el denunciado. Y todo ello dos meses antes de las elecciones municipales de 2007, a las que me presentaba como candidato. Un abogado, ex fiscal, se lamentaba de que la juez loca hubiese incoado el expediente pese a carecer de pruebas; en el ámbito penal, manifestaba, o se poseen pruebas o se sobresee el caso. Y no se escandalizaba porque ha vivido la injusticia y la irracionalidad de los tribunales.

UNA JUEZ LOCA. Que la Real Academia de Medicina de Sevilla, al través de sus académicos psiquiatras, presente un informe sobre el estado mental de la juez. Cuando me encuentro con la juez loca en el ascensor ya citado antes advertí que ella era poquita cosa bajo una gabardina de los comienzos de la Sección Femenina. Es esa loca la que califica de acoso y abuso la denuncia falsa. No lo hace la denunciante, acaso. Y digo acaso porque me produce repugnancia leer la denuncia, bastándome saber la conclusión a la que llega la loca con falsedad perjudicial para mí. Leer un texto así es como abrir un frasco lleno de cucarachas. Tampoco resisto ver ratas. No puedo. Por eso a mi primer abogado le pedí que me dijera en síntesis el contenido de la infamia. Loca y corta de inteligencia. Loca porque es de orates designar interventor judicial de un caso al enemigo del acusado, y es lo que se ha hecho en el proceso contra el accionista mayoritario del Betis. Corta de inteligencia porque por mucha inquina que se tuviera contra el presidente del Real Betis Balompié, es grotesco que nombre interventor a su enemigo, ya que cualquiera instancia superior judicial lo rechazaria por inadmisible irracionalidad, perversión o imbecilidad. Claro que, además, habría que valorar si en instancia superior advertirían el desmán, ridículo desmán que produce sonrojo a la razón, y hervor de la sangre ante un disparate semejante. Es como si se nombrase interventor judicial del presidente del Real Madrid, en una supuesta acusación, al presidente del Barcelona y éste hasta decidiera cambiar el nombre del estadio Santiago Bernabéu con la anuencia del juez. Si es que, santo cielo,  el interventor judicial hasta ha cambiado el nombre del estadio del Betis, y la juez loca se queda indiferente, silente, como si el interventor tuviera atributos para extralimitarse hasta donde deseare según su voluntad libérrima de venganza. Echar de la carrera judicial a esa loca sin inteligencia y con presuntos problemas sexuales es una exigencia para que los jueces tengan credibilidad, porque este caso es para cerrar los tribunales. Como piensa y requiere cualquier ser inteligente tras leer “La Razón” de 19 de abril de 2011, no hay otra opción sino clausurar el sistema judicial español, y empezar de cero.  Una de las primeras normas a implantar es que nadie pueda ser juez antes de los cincuenta años de edad; a esta loca la nombraron juez con 25, lo cual es cómico, como yo mismo advertí en la única entrevista que tuve con ella, entrevista en que me demostró su falta de inteligencia, sus problemas sexuales, fruto de los cuales a mí me trató como culpable antes de conocerme personalmente, antes de que yo le hubiere hablado. O sea, que actuaba anticonstitucionalmente, pues cualquiera que sea convocado a un juzgado tiene el derecho a que se presuma su inocencia mientras no se demuestre lo contrario. Pero, claro, pedirle que se atenga a la Constitución esa loca es lo mismo que pedirle a un niño de meses que no meta el dedo en la tarta de chocolate. La loca se come la Constitución y el niño el chocolate. ¿Por qué digo yo esto? Porque así lo advertí en el único día que me la encontré sentada en su despacho, y los tres abogados que sucesivamente la han visitado en mi nombre afirmaron lo mismo desde que la vieron para tratar de la falsa denuncia contra mí.

CORTA DE INTELIGENCIA. Que el colegio de psicólogos valore su coeficiente de inteligencia. ¿Por qué la defino como estúpida? El día de la entrevista, el abogado contrario me preguntó por el horario de trabajo de la denunciante, con el fin de saber cuándo estábamos solos y cuándo en presencia posible de otros, pero la pregunta la cortó fulminante la juez alegando que el horario es asunto laboral y ello queda fuera de lo penal. El letrado se quedó sorprendido; y yo convencido de que la elección de esta mujer para juez era una broma de “La Codorniz”. Ni Kafka  hubiese llegado tan lejos.   “Mejor es dar con una osa a quien han arrebatado la cría que con un necio en el frenesí de su necedad” (Proverbios 17,13). Esa cortedad de inteligencia la embrutece, y como los brutos se muestra prepotente y tiránica si se la contradice. Lo experimentó mi segundo abogado, quien nunca se había irritado públicamente ante un juez, pero le sucedió ante la juez loca y estúpida, que se negaba a modificar la declaración como el letrado le exigía, ya que no coincidía con lo dicho.

Y CON PRESUNTOS PROBLEMAS SEXUALES. Que la Facultad de Psicología de la Universidad de Sevilla aporte el informe de un sexólogo o de un psicoanalista sobre los presuntos problemas eróticos de la juez loca y estúpida, ¿acaso insatisfecha por una ninfomanía autorreprimida?

UNA PERSECUCION POLITICA. Que no cesa: El 19 de mayo de 2011 mi informático me informa de que en mi ordenador ha encontrado mas de mil virus informáticos y ataques piráticos robándome información. El 20 de mayo de 2011 mi abogada presenta petición de medidas cautelares en el juzgado de instrucción 18  para que eliminen la página web en que se me injuria y calumnia, lo que está influyendo negativamente en mi candidatura a las elecciones municipales, pues durante toda la campaña electoral y durante la precampaña las difamaciones han estado divulgándose con permiso del juzgado. Ya el 19 de abril se había presentado denuncia pero el juez –estúpido o perverso- no actuó eliminando del ámbito público los delitos, con lo cual se me perjudicaba gravemente. Todo lo más que hizo fue pedir que se tramitara querella, pero nada de suprimir los delitos continuados que podía impedir. Cuando escribo el 30 de mayo de 2011 los delitos siguen perpetrándose y el juez admitiéndolos, o sea, colaborando a que continúen produciéndose, todo lo contrario, válgame el Cielo, de lo que debe hacer un juez, como asunto el más elemental. O sea, o es cómplice de los delincuentes, o lo dicho: es imbécil o un perverso. El 18-1-2011 me pinchan las dos ruedas delanteras de mi coche y hasta me colocan un cartel municipal para que lo retire la grúa. Esta persecución es una seña de identidad de un poder político corrupto y mafioso. El 28-1-2011, en Antena 3 TV, María Dolores de Cospedal, candidata popular a la presidencia de Castilla-La mancha denunciaba la guerra sucia de que era objeto por parte del partido socialista en aquella región, con el encargo a detectives privados para investigar a miembros del partido popular.
          Pero esta persecución viene de mucho antes. Al día siguiente de aquel infausto 11 de marzo de 2004 se producían multitudinarias manifestaciones en España. Al llegar a mi coche por la tarde tras dejar el colegio encuentro en el asiento del copiloto un lazo blanco. Contrario a los millones de lazos negros de luto que portan millones de españoles por el asesinato terrrorista de doscientos compatriotas. ¿Quién se alegra de ese terrorífico crimen y me conoce? ¿Quién está feliz, y me conoce, por esa enorme desgracia que dos días después producirá el triunfo socialista en las elecciones generales? ¿Quién abre mi coche para dejar el lazo blanco de su felicidad? ¿El mismo que fuerza la cerradura del colegio, abre mi coche y me persigue?
             La persecución política está enmarañada con el odio y la persecución de múltiples enemigos. Unos y otros se estimulan deseándome mal. Tanta aversión activa me asedia que me induce a la lectura del libro sagrado para hallar paralelismos. “Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero” (Jn, 15,18). Yo no soy discípulo del Mesías, pero la verdad es que se me vienen a la mente frases que Jesús les dedicaba a los apóstoles preparándolos para cuanto habría de sucederles: “Os echarán de la sinagoga, pues llega la hora en que todo el que os quite la vida pensará prestar un servicio a Dios”. (Jn, 16,2) A mí me persiguen innumerables individuos que quieren destruirme: embusteros, difamadores, calumniadores,  ladrones (como los que me han robado documentos inéditos del escultor Antonio Susillo, exámenes, y otros papeles de interés), fracasados, frustrados, jueces estúpidos o perversos, policías golfos, perros (así llama San Juan en el Apocalipsis a los que practican la homosexualidad –Ap, 22,15-), putas, ninfómanas, cornudos, sindicalistas y socialistas degenerados, comunistas, brujas, locas, cobardes, imbéciles, mafiosos, traidores, herejes, estafadores, sobornadores (un periodista me propuso que colocara de profesora a su mujer a cambio de frecuentes titulares en su diario laudatorios de mi colegio; como puede colegirse, sólo mi muerte cerrará la angustia que le produce el secreto que yo guardo sobre su frustrado cohecho), acomplejados, tarados, psicópatas, traumatizados, débiles, apocados, mediocres, celosos, envidiosos cuyo número es abundante. Si los que me envidian me votaran en las elecciones municipales de mayo de 2011 yo vencería por mayoría absoluta.
            Algunos de mis perseguidores actúan como una secta, ya que hasta impiden que me entreviste con una profesora que fue mi primera colaboradora y la han convertido en mi mayor enemiga, al punto de que la tienen sometida a su control llevándola a testificar con falsedad en cuantos juicios hay pendientes contra  profesoras expulsadas por traición y por haber saqueado el colegio antes de ser despedidas o a las que no se les ha renovado el contrato una vez se descubrió su deslealtad con el colegio a manos de una sicaria del partido socialista que con fantasiosas promesas propició su deslealtad profesional y su acción destructora contra el colegio. Tanta persecución me recuerda a Moisés, y a Elías, y a Daniel, cuyos enemigos consiguen que sea arrojado al foso de los leones, y a Séneca, Platón, Aristóteles, Sócrates. A mi abogada le he encargado que prepare querella contra la juez por los daños y perjuicios que me ha causado. Y no compensa saber que irán al infierno las brujas como la denunciante y las locas torticeras como la juez, siguiendo el criterio apocalíptico, el de Casona (El caballero de las espuelas de oro) y el de Quevedo (Los sueños), para quienes, por cierto, las mujeres atractivas van al cielo sin ninguna duda. “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt  5,11-12). Por eso Mañara pedía insultos y vejaciones.
             El 26 de diciembre de 2008 de madrugada forzaban la puerta del colegio.  Me ha difamado profesora, ex miembro del Opus Dei, tras ser despedida. Por sus datos biográficos previos a la incorporación al colegio se esperaba de ella una actitud moral correcta. Sin que hubiese demostrado suficiente valía como para ser contratada indefinidamente, se la contrató con carácter definitivo, pues era lo más conveniente en aquel momento. (Legisladores bobos han suprimido la norma anterior, por la que se requerían tres años para pasar a indefinido un trabajador, y ésta es la causa principal de lo sucedido con esta mujer). Bien es verdad que la contratada prometió antes de la firma que si en algún momento se dudaba de su buen hacer, sería ella misma la que pediría la baja. Pero no fue así, pues incurrió reiteradas veces en maltrato de palabra a sus alumnos varones, lo que motivaba el despido, y faltando a su palabra actuó con inmoralidad mintiendo por añadidura. Para conocerla algo más será bueno señalar que los celos la impulsaron un día a presentarse inopinadamente interrumpiendo el almuerzo del director con la subdirectora el 11 de marzo de 2009. El 9 de octubre de 2009 vuelven a descerrajar la puerta del colegio por calle Dalia; se da cuenta al abogado pero sin consecuencias penales para los delincuentes.
               El 7 de marzo de 2011 la policía tiene pinchado mi teléfono y va en busca mía
hasta la puerta de la casa de mi hija. Ahí, donde me he citado con mi hija, un policía que ha llegado con otros tres motoristas sin otra misión que interrogarme, pues luego se marchan  de allí sin realizar ninguna otra acción, me pregunta, con una excusa,  si trabajo en el colegio y si mantengo algún grado de relación con los responsables de la institución.
               El 25 de abril de 2011 mi letrada me informa de que el abogado –perteneciente al sindicato socialista- de unos despedidos hace dos años por deslealtad al mencionado colegio le ha declarado que quiere destruir el centro de enseñanza, aunque yo ya ni lo dirija ni lo presida. Lo mismo que hace diez años aproximadamente; entonces una profesora, que no seguiría en el colegio al término de su contrato, recibió llamada telefónica del mismo sindicato subvencionado en esta época de la fracasada Generación de 2004 para aclararle que le comentara si se había producido alguna irregularidad, pues tenían enfilado al colegio. Es la misma perversión que manifestaba verbalmente el inspector de educación antes de que yo lo denunciara por delinquir. No hace tanto tiempo una juez sinvergüenza –no tengo ahora a la mano el expediente-, inducida por cómplices de esos sindicalistas mafiosos en el servicio andaluz de empleo hurgaron en cuantos contratos había firmado el colegio en la última década. No encontraron una sola irregularidad. Pero en su maldad consiguieron que una juez indigna condenara al colegio, asombrosamente, a pagar el desempleo de una profesora, bajo la fantasiosa estupidez de que debía haber sido contratada en septiembre y no después, ya que es lo habitual en un colegio. Así, sin más. Pese a que docenas de contratos de nuestro colegio y de tantos otros se inician en cualquier momento del curso por muy diversas causas. Mi abogado recurrió al tribunal superior de Andalucía, con la certeza, de que se nos daría la razón, porque la razón estaba de nuestra parte. Se abonaron más de siete mil euros. Y se perdieron. Claro que ya antes estaban ausentes la razón y la justicia de ese tribunal andaluz que sobra. Tan sinvergüenzas como la juez que sin ningún fundamento condenaba al colegio. Años después me encontraba al abogado: Me acordé de ti –le dije- cuando escuché a Mario Conde afirmar que cada vez que su abogado le aseguraba que ganarían un recurso, lo perdían. A lo que me contestó mi abogado de entonces: forman una casta. Sí, una casta, como en la India preinduistrial. Una casta que encarceló a Mario Conde, quien nos cuenta en “Memorias de un preso” cuán repugnante es el sistema judicial español. Tanto que hay que enterrarlo definitiva y urgentemente.
                Lo relatado en este apartado es una minucia. La relación de los hechos es tan prolija que agotaría al lector. En otra ocasión quizá la proporcionemos.

UTILIDAD DE MI DENUNCIA: CAMBIAR EL SISTEMA JUDICIAL ESPAÑOL DE FORMA REVOLUCIONARIA, YA QUE ES UN  SISTEMA QUE PRODUCE ASCO, REPUGNANCIA. Ni educación siquiera. La mayoría de los jueces y de sus acólitos ni siquiera se porta con educación, ni presencialmente ni por escrito. Como la juez Alaya, que ni responde al saludo. ¿Se aprende en la escuela judicial? Por eso mismo esta denuncia la suscribe Don Antonio contra Mercedes, y no es para devolver su descortesía, sino para que se enteren de que un juez tiene la obligación de ser educado, y de que los citados a los juzgados tienen que recibir un correcto tratamiento. Seguimos. Pero ¿quién ha nombrado juez a esa loca con bajo coeficiente de inteligencia? En el número 2 de la “Revista de la Generación de 1992”, que yo editaba y dirigía, escribí en julio de 1992: “Hay que hacer una revolución en la justicia española” (pp.12-15). Ya entonces argumentaba que había que transformar el sistema y proponía soluciones. Ninguna se llevó a cabo, continúan invariables los defectos, y consecuentemente la administración judicial se ha degenerado hasta que hoy  ya produce asco, repugnancia. En marzo de 2009 una abogada me comentaba que la justicia es un caos y que lo que se administra es la injusticia. Y añadía que el 70% de los casos resueltos por los juzgados de instrucción son devueltos, o sea, están mal hechos. La sociedad está tan harta de los jueces, rechaza tanto ir a un juzgado porque lo que más guarda de ellos son recuerdos ingratos, insatisfacciones, ya que mayoritariamente causan frustración en los ciudadanos por las injusticias que producen, el maltrato que deparan a los que tienen la desgracia de acudir a los tribunales, que se necesita un cambio revolucionario del sistema judicial. Revolucionario porque las reformas a introducir son profundas y extensas y la necesidad de aplicarlas es urgente. Apuntaremos las acciones que se deben emprender de inmediato para que no se quede este escrito como una queja sin soluciones. Claro que hay soluciones para este cáncer de la nación y los que ahora ostenten el poder o los que conocemos que aspiran a ocuparlo tampoco han presentado medidas para terminar de una vez con el mal. Pero sigamos anotando expresiones que corroboran lo que manifestamos. Lo que se dice de los jueces es tan gravísimo que no deben continuar, pues su continuidad es un daño permanente para la nación. En septiembre de 2010 el poder judicial pretendió profesionalizar más los puestos de magistrados suplentes y jueces sustitutos, pero el 31-3-2011 en Intereconomía Televisión se recibía el mensaje de un secretario judicial  (firmaba como Jesús) que los jueces sustitutos “son un peligro nacional”. Y se añadía en el mismo programa “el gato al agua” que el 22% de las sentencias son de jueces sustitutos. Tan deplorable como que un abogado viejo, en otro mensaje, señalaba que los firmantes de las sentencias y autos no leían los textos que había redactado el ponente. Más que deplorable, inmoral, impresentable, para acabar de una vez con este sistema que es una lacra nacional.  En  Intereconomía Televisión, el 15-4-2011, los tertulianos que asistían al programa “El gato al agua”, en resumen, manifestaban que no se puede confiar en la Justicia, ya que ésta es una vergüenza, un desastre, con tejemanejes (decía el político Leguina por teléfono). Fallan las leyes y los jueces, Se describían graves y escandalosas contradicciones entre el tribunal supremo y el tribunal constitucional. Un juez aplica la doctrina de un asesino y no otra, ya que puede fundamentar su decisión en dos criterios diferentes. De risa, una burla de la razón. ¿Y esto de darle el nombre de un asesino a una doctrina? ¿Habráse visto mayor disparate? Como para fiarse de la turba mayoritaria de necios que reciben el nombre de magistrados. No tendremos que repetirlo: denunciamos a la mayoría de los jueces, no a todos. Pero es que esa mayoría define una situación que hay que erradicar inmediatamente, y entretanto paralizar el sistema porque es aberrante. Pararlo pase lo que pase con la única excepción de los casos de delincuencia con consecuencia de muerte, o de pedofilia, tráfico de drogas,  o de violación auténtica, o sea, que excluyendo a las rameras que alegan, como esas suecas, que habían aceptado fornicar pero con ciertas condiciones materiales, o esas compatriotas casadas que lo mismo pero con ciertas limitaciones horarias o de capricho libidinoso; todos los cuales delincuentes quedarán encarcelados indefinidamente hasta que se aprueben nuevas leyes racionales y justas. Y se encarcelará preventivamente a los que se consideren peligrosos a menos nivel, en espera de que se resuelva rápida, o progresivamente, este sistema absurdo y perjudicial. Ya se compensará a los perjudicados que hubiere, que serán infinitos menos que los que ahora se perjudican con este irracional funcionamiento. El ciudadano debe quedar avisado de la revolución en marcha, y por tanto que evite entrar en este universo estúpido mientras no esté resuelto.  José Sotelo, por ejemplo, escribía en ABC de Sevilla de 17-4-2011, que “hay una tropa de bobalicones con togas que atentan contra el sentido común”.  Con la excarcelación del asesino Troitiño, cada uno de cuyos veintidós crímenes lo ha tenido en prisión durante poco más de un año, los jueces y las leyes penales españolas son el hazmerreír del mundo y una vergüenza indignante para todos los españoles asqueados por causa de ellos.

         Acaso más adelante redacte un texto más amplio, elaborado y revisado que éste, por cuyos defectos pido disculpas a los lectores, pero ahora es momento para suscribirlo y divulgarlo en Sevilla, a veinticinco de abril de dos mil once. 




                                                                   Antonio Egea López
                                                               Dalia nº 1 - 41002 Sevilla